Sabemos que nuestros perros no van a vivir para siempre. Lo sabemos cuando llegan a casa, cuando empiezan a hacerse mayores y, muchas veces, también cuando tenemos que tomar decisiones difíciles al final de su vida.

Pero saberlo no hace que duela menos. Porque cuando muere un perro no desaparece solamente el animal que vivía contigo. Desaparecen rutinas, sonidos, horarios, gestos y una forma de relacionarte que llevabas años repitiendo prácticamente sin darte cuenta.

Y mientras tú intentas acostumbrarte a una casa diferente, muchas veces el mundo de fuera continúa como si no hubiera ocurrido nada. Soy Marga de Breocan Actividades Caninas y hoy quiero hablaros de este duelo invisible.

El duelo por un perro todavía es «un duelo invisible»

Cuando fallece una persona cercana, socialmente entendemos que quien la quería necesita tiempo. Hay permisos laborales, rituales, pésames y espacios en los que expresar lo ocurrido.

Con los animales de compañía, todavía no sucede lo mismo.

En España no existe actualmente un permiso laboral general por el fallecimiento de un perro u otro animal de compañía. El Estatuto de los Trabajadores contempla permisos por el fallecimiento del cónyuge, pareja de hecho y determinados familiares, pero no de los animales con los que convivimos. Algunas empresas y convenios colectivos sí han empezado a introducir medidas específicas, pero siguen siendo excepciones.

Esa falta de reconocimiento laboral es solo una parte de algo mucho más amplio.

El duelo por un animal de compañía puede convertirse en lo que se conoce como un duelo desautorizado o no reconocido: una pérdida que para quien la vive es profundamente importante, pero que socialmente no siempre recibe la misma comprensión o legitimidad. La investigación sobre duelo por animales de compañía lleva años señalando precisamente esa sensación de incomprensión y aislamiento.

Si has perdido a tu perro, seguro que has oído frases como: “Era solo un perro”, “Puedes adoptar otro”, “Por lo menos vivió muchos años”, etc.

Normalmente no decimos estas frases con intención de hacer daño. Pero pueden reducir una relación de muchos años a algo fácilmente sustituible. Y no funciona así.

Tampoco necesitamos comparar la muerte de un perro con la de una persona para demostrar que duele. Un vínculo no tiene que competir con otro para ser importante.

Un perro depende de nosotras para comer, salir, sentirse seguro, recibir atención veterinaria o poder desarrollar muchas de sus necesidades. Durante años organizamos una parte importante de nuestra vida contando con él.

Cuando deja de estar, no solo echamos de menos a nuestro perro. También tenemos que aprender a vivir de nuevo sin todo aquello que construimos alrededor de él.

Cuando tu perro ya no está, el duelo aparece en las cosas pequeñas

Puedes prepararte para despedirte. Puedes acompañarlo hasta el final, tomar decisiones pensando en su bienestar y sentir que hiciste todo lo que estaba en tu mano. Y aun así, echarlo muchísimo de menos.

Hacerlo bien no evita el duelo. A veces la ausencia aparece en momentos enormes. Pero otras muchas veces aparece mientras haces algo completamente cotidiano. Por ejemplo: Terminas de comer y vas a guardar automáticamente ese último trocito que siempre le dabas, llegas a casa esperando su saludo, te metes en la cama y falta ese pequeño ritual de buenas noches, sus pasos por el pasillo, o te quedas esperando escuchar ese suspiro que indica que todo va bien.

Los humanos también somos animales de rutinas. Y convivir durante años con un perro significa incorporar su presencia a cientos de ellas. Pero hay algo más.

Gran parte de nuestra comunicación con los perros no pasa por las palabras. Aprendemos a observarlos y a escucharlos. Reconocemos cómo caminan cuando están cansados, qué postura ponen cuando quieren algo, cómo respiran mientras duermen o qué ruido hacen cuando se levantan de su cama.

Sabemos que están detrás de nosotros sin mirar.

A veces sabemos que algo no va bien simplemente porque “no suenan” como siempre.

Esa convivencia hace que la relación sea enormemente corporal y sensorial: mirada, movimiento, tacto, sonidos, distancias, pequeños gestos…

Por eso, cuando nuestro perro se va, la casa no solamente parece más vacía, también suena diferente y tus propias rutinas se sienten diferentes. Y acostumbrarse a esa ausencia necesita tiempo.

Además, si viven otros animales en casa, la pérdida no la atravesamos únicamente nosotros.

Los perros que convivían con el que ha fallecido también pueden mostrar cambios de comportamiento. Más búsqueda de atención, menos juego, menor actividad, cambios en el sueño, en el apetito o incluso más miedo.

Y eso puede añadir otra capa a nuestro propio duelo: estar aprendiendo a vivir con una ausencia mientras vemos cómo otro miembro de casa también está en su propio duelo.

No existe una forma correcta de pasar por todo esto ni un plazo en el que tengas que dejar de echar de menos a tu perro.

Te mandamos un gran abrazo.